Cómo perder un vuelo con (cierta) dignidad


Soltar la ilusión del control


Estoy en el aeropuerto de Santiago con mi familia, listo para viajar a Europa. No pudimos hacer el check-in en línea, supuestamente porque andábamos con una menor de edad, así que llegamos con mucha anticipación para hacer el check-in en el aeropuerto. Después de vagar un buen rato en el aeropuerto para entender a dónde hay que ir, un funcionario nos dice que Latam no tiene anotado ningún vuelo a Madrid. Después de otro largo rato y hablar con una variedad de personas, entendemos que nuestro vuelo de Latam no era de Latam sino que operado por Iberia; nos dirigimos a los puestos de Iberia y estos están vacíos. Encontramos un puesto de información y descubrimos que el vuelo con ese número ya partió.


El vuelo se adelantó por una hora y media y nunca nos avisaron nada, y lo perdimos. De Latam nos mandan hablar con Iberia; en los puestos de Iberia no hay nadie; en informaciones nos dicen que tenemos que hablar con la agencia donde compramos los pasajes; la agencia, Travelgenio.com, tiene un formulario de reclamo en línea pero ninguna manera de contactarse con ella.


Imagínate la situación: estamos en el aeropuerto con las maletas hechas, listos para un viaje, todo planificado en detalles hace meses, y de repente: puff. El vuelo no existe, no hay con quién hablar, y todo el plan meticuloso se esfumó.


Estamos sentados, desolados, en el piso del aeropuerto, mientras mi esposa intenta conseguir alguien con quien hablar por teléfono. Me hace señales para quedarme callado, y poco a poco, después de un rato bien largo, su cara empieza a aclarecerse. Finalmente, una persona muy amorosa en la ayuda telefónica de Latam nos puso en el vuelo del día siguiente. No queda otra: vamos a pasar la noche en un hotel cerca del aeropuerto para volver al día siguiente.


Por mientras, tengo suficiente tiempo para que los peores escenarios posibles pasen por mi mente: hemos perdido todo el viaje, el vuelo, las reservas, todos los planes. Es medianoche y vamos a dormir en el piso del aeropuerto, y además nos van a robar todo. La rabia, la impotencia, la desesperación, el miedo, la decepción, de nuevo la rabia… todas las emociones posibles pelean por su lugar en mi conciencia perturbada.


La incertidumbre es una gran maestra. En particular cuando un plan complejo y detallado que armaste con mucho esfuerzo se derrumba de un minuto al otro: la fortaleza de certeza y seguridad que has construido durante meses como preparación para el viaje, que te da la ilusión de que todo esté bajo control, colapsa y se esfuma, y te quedas mirando de cerca la verdad existencial que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, y que la seguridad es, de hecho, una ilusión. Me siento vulnerable y expuesto en un mundo caótico.


¿Y el aprendizaje? Me parece que ese momento de enfrentar la incertidumbre intrínseca de mi existencia y vivirla, y luego sobrevivirla, es un momento valioso. Logré tener en algún lugar debajo del tumulto la certeza que esto también es pasajero; que las cosas son como son y siguen siéndolo, simplemente siendo, sin importar si coinciden con mis expectativas o no; que esas expectativas son opiniones e interpretaciones mías, y son opcionales: siempre hay una multitud de posibilidades; que mi juicio de todas esas posibilidades como buenas o malas son opiniones e interpretaciones y no cambian nada más que mi estado mental. Finalmente, en el fondo de esa tormenta de eventos mentales hay una estabilidad en saber que está todo bien, incluyendo el fracaso, incluyendo el rechazo, la decepción, la desilusión, incluso la muerte.


¿Y qué tiene que ver todo esto con soltar, que parece ser mi tema del semestre?


Nos aferramos a todo tipo de muletas que nos dan la ilusión de seguridad: el seguro de salud, el seguro de vida, el seguro del auto o de la casa, la cuenta de ahorros, la pensión, la pareja estable, las cosas que poseo; y al mismo tiempo la rigidez muscular que armamos como una armadura que nos protege de los malos del mundo y alivia el miedo de todo lo que nos puede herir. Yo trabajo con el movimiento, apunto a soltar esta armadura muscular, flexibilizarla y ablandarla. Y esto funciona en todos los niveles de nuestra existencia: el físico, el mental y emocional, y en el camino espiritual. Estoy convencido que fluir como el agua y no ponernos duros como una roca es la manera sana y creativa de existir en este mundo.


He descubierto que a través del movimiento podemos generar cambios verdaderos y duraderos, paso a paso, en esta dirección. Podemos aprender a vivir en paz con nuestro cuerpo, con nuestras circunstancias y con el mundo que nos rodea.


Soltar para mejorar la vida. El primer paso que te propongo es soltar las tensiones innecesarias en el cuerpo y encontrar una manera más cómoda, más eficiente, más vital y flexible, de estar en tu cuerpo y de estar en el mundo.



En octubre de 2019 empieza una nueva serie de clases de Autoconciencia a través del movimiento®. Únete a estas clases, muévete hacia la salud mental y física, sé la mejor versión posible de ti mism@.


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